El anticuario

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Sus temores fueron comunicados a Lovel en voz baja, puesto que entre ellos se había establecido la confianza que surge de ese entendimiento con el que los espíritus audaces y dispuestos se corresponden en momentos de peligro y les hace conocerse casi de forma intuitiva.

—Volveré a escalar el acantilado —exclamó Lovel—. Todavía hay bastante luz para ver dónde pongo los pies. Volveré a subir y buscaré ayuda.

—¡Hágalo, hágalo, por Dios! —dijo sir Arthur ansiosamente.

—¿Está loco? —exclamó el mendigo—. Francis de Fowlsheugh, que era el mejor escalador de riscos (y que, por otra parte, se rompió el cuello en Dunbuy of Slaines) no se habría aventurado a subir el acantilado de Halket-head tras ponerse el sol. Gracias a Dios no está en mitad del feroz mar después de lo que ha hecho, ha sido un verdadero milagro. No pensaba que hubiera ser vivo capaz de bajar por el acantilado como usted. Quisiera saber si yo habría podido hacerlo a estas horas y con este tiempo si fuera más joven y tuviera la fuerza de entonces. Pero volver a subir es sencillamente tentar a la Providencia.

—No tengo miedo —contestó Lovel—; me fijé en todos los agarres cuando bajé, y todavía hay bastante luz, podría encontrarlos. Estoy seguro de que lo lograré sin peligro. Quédese aquí, querido amigo, con sir Arthur y la joven dama.


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