El anticuario

El anticuario

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La sensación de haber escapado de la muerte, que hasta entonces parecía cernirse sobre ellos de forma inevitable, tuvo su efecto habitual. Padre e hija se abrazaron, se besaron y lloraron de alegría, a pesar de que su salvación estuviera unida a la posibilidad de pasar una noche tempestuosa en una roca que sobresalía de un precipicio y que apenas ofrecía espacio a los cuatro temblorosos seres que, como las aves marinas que los rodeaban, se aferraban a la roca con la esperanza de encontrar refugio frente al devorador elemento que rugía más abajo. Las olas salpicaban en su temible sucesión el pie del precipicio y se desbordaban sobre la playa en la que nuestros amigos habían estado no hacía mucho, alzándose tan alto como su refugio temporal; el sordo ruido que producían al estrellarse contra las piedras parecía reclamar a los fugitivos, su presa destinada, con la voz del trueno. Aunque era una noche de verano, había pocas posibilidades de que una persona tan delicada como la señorita Wardour sobreviviera hasta la mañana después de haber sido empapada por el mar. Además, la lluvia, que ahora caía con toda su violencia acompañada de fuertes y huracanados vientos, aumentaba la dificultad y el peligro de su situación.

—La señorita, la pobre y dulce señorita —dijo el viejo—. Yo he vivido muchas noches de temporal a cubierto y a la intemperie, pero ¿cómo va ella a sobrevivir?


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