El anticuario

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—Por supuesto, por supuesto… Toda mansión de este país con cierta antigüedad tiene a su fantasma en la habitación encantada, y no creerá que nuestra casa iba a ser menos que las de nuestros vecinos. Sin embargo, cada vez son menos populares. Recuerdo la época en que, si alguien dudaba de la existencia del fantasma de una vieja casa señorial, corría el riesgo de acabar convertido en uno de ellos, como decía Hamlet. Sí, si usted no creyera en la existencia de Redcowl, en el castillo de Glenstyrim, el viejo sir Peter Pepperbrand le sacaría al patio, le haría tomar el arma y, si sus habilidades en esgrima no fueran superiores, le atravesaría como a un sapo en su propio muladar. En una ocasión me libré por poco de una situación así, pero me humillé y pedí disculpas a Redcowl, porque ni siquiera en mi juventud he sido amigo de la monomachia, o duelo, y prefería caminar con el señor sacerdote que con el señor caballero; poco me importa quién sabe hasta dónde llega mi valor. Gracias a Dios ya soy viejo y puedo dar rienda suelta a mi irritación sin necesidad del frío acero.

En ese momento la señorita Oldbuck volvió con cierta expresión de sabiduría en el rostro.

—La cama del señor Lovel está lista, hermano, sábanas limpias, bien aireada, fuego en la chimenea… Señor Lovel, esté seguro —dijo dirigiéndose a él— de que no ha sido una molestia. Espero que pase una buena noche. Pero…


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