El anticuario

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Lovel oyó cada paso de su anfitrión mientras éste se iba alejando por los diversos pasillos; cada puerta que cerraba producía un ruido cada vez más sordo y distante. El huésped, separado de este modo del mundo animado, cogió el candelero e inspeccionó la habitación. El fuego brillaba con fuerza. La atenta señorita Grizzel había dejado algo de leña en caso de que quisiera avivar las llamas. La habitación parecía cómoda, aunque algo triste. Estaba revestida de tapices confeccionados en los telares de Arrás del siglo XVI que el maestro tipógrafo —tantas veces citado aquella noche— había traído consigo como muestra del arte continental. El motivo era una cacería; y, puesto que las frondosas ramas del bosque se extendían por todo el tapizado, el color predominante era el verde y de ahí procedía el nombre de la estancia. Adustos personajes, vestidos a la antigua moda flamenca, con jubones cubiertos de cintas, capas cortas y calzas, aparecían tirando de la correa de galgos y lebreles o animándolos a alcanzar el objetivo del juego. Otros, con picas, espadas y fusiles antiguos, atacaban a ciervos o jabalíes acorralados. Aves de todo género, pintadas con su plumaje correspondiente, abarrotaban las ramas del frondoso bosque. Parecía que la prolija y rica obra de Chaucer hubiera inspirado al artista flamenco por su profusión, y Oldbuck, en consecuencia, había hecho bordar en una especie de borde que había añadido al tapiz los siguientes versos del antiguo y excelente poeta en letras góticas:


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