El anticuario
El anticuario Pero este razonamiento de enamorado no lograría reconciliarle con su destino, pues, cuanto más amable imaginaba a la señorita Wardour, mayor desconsuelo sentía al ver arruinadas sus esperanzas. Era consciente de que podía vencer algunos de los prejuicios de ella, pero aun así estaba decidido a aferrarse a su postura original: antes de darle una explicación tenía que estar seguro de que ella quisiera recibirla. Si actuaba de este modo, su actitud no podría considerarse desesperada. Hubo cierta vergüenza y mucha sorpresa en su mirada cuando Oldbuck les presentó y, quizá, pensándolo mejor, una cosa era para ocultar la otra. No iba a renunciar a una búsqueda que ya le había causado tanto dolor. En su cabeza se sucedía un plan tras otro, todos acordes con el romántico humor del entendimiento que los albergaba, tan endebles e inestables como una mota en un rayo de sol; había transcurrido mucho tiempo desde que se había acostado, pero se resistía al descanso que tanto necesitaba. Después, harto de la incertidumbre y de las dificultades que presentaba cada ardid, decidió sacudirse ese amor «como gotas de rocío de la melena del león»[107] y retomar los estudios y la carrera que su afecto no correspondido había interrumpido. Con esta última resolución decidió también fortalecerse con cada argumento que le sugiriesen el orgullo y la razón.