El anticuario

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Dejando esta discusión a los más versados, digamos que después de la sucesión de imágenes extrañas que ya hemos descrito, nuestro héroe, pues así tenemos que considerarlo, fue recuperando la conciencia del lugar donde estaba y todo el mobiliario de la estancia se fue dibujando ante él. En este punto y, en alusión a los miembros de esta generación escéptica y perspicaz que quizá conserven algún retazo de fe antigua y que habrían suscrito que lo que sigue a continuación apareció realmente ante los ojos de Lovel y no fue fruto de su imaginación, permítanme aclarar que no seré yo quien impugne dicha doctrina. Lovel estaba o imaginaba estar despierto en la Habitación Verde, mirando las temblorosas y esporádicas llamas que se desprendían de un tronco que poco a poco se iba deshaciendo en forma de ascuas rojas. De forma inconsciente, la leyenda de Aldobrand Oldenbuck y sus misteriosas visitas a los huéspedes de aquella habitación despertó su pensamiento y con él, como suele ocurrir en sueños, una expectación viva y temerosa que suele conducir a la aparición del objeto de nuestros temores. En la chimenea, las chispas empezaron a brillar con más intensidad, hasta iluminar toda la habitación. El tapiz ondeó con violencia sobre la pared de modo que sus oscuras figuras parecieron cobrar vida. Los cazadores tocaban los cuernos, el venado parecía volar, el jabalí se resistía y los perros asediaban a uno y perseguían al otro; el grito del ciervo se mezclaba con los ladridos de los perros, las voces de los hombres y el chacoloteo de los cascos de los caballos parecían envolver a Lovel; todos los personajes cumplían con furia el papel que el artista les había asignado en la cacería. Lovel observó esta extraña escena sin asombro (el cual pocas veces se entromete en la imaginación de quien duerme), pero con una inquietante sensación de miedo. Al final, una figura entre los cazadores de tela empezó a mirarlo fijamente; pareció abandonar el Arrás y se acercó a la cama del durmiente. A medida que se aproximaba, la figura parecía cambiar. El cuerno de caza se convirtió en un volumen cerrado con broches; su gorra se transformó en el típico tocado voluminoso de los burgomaestres de Rembrandt; su vestido flamenco no cambió, pero sus rasgos, que ya no se agitaban por la furia de la cacería, adoptaron una compostura tan temible y severa como la del primer propietario de Monkbarns, según había sido descrito aquella tarde por sus descendientes. En el curso de la metamorfosis, el alboroto de los demás personajes del tapiz desapareció de la visión del durmiente, que ahora dedicaba toda su atención a la figura que tenía delante. Lovel se propuso interrogar a esta temible persona con el tono de exorcismo que tal ocasión merecía, pero su lengua, como suele ocurrir en las pesadillas, se negó a actuar y se le quedó pegada al paladar. Aldobrand alzó el dedo pidiendo silencio al huésped que ocupaba su habitación. Abrió el antiguo libro que llevaba en la mano izquierda. Una vez abierto, buscó rápidamente entre sus páginas y, sosteniendo el volumen con la misma mano, mostró a Lovel un pasaje en la página elegida. A pesar de que estaba escrito en una lengua desconocida para el joven, sus ojos y su atención cayeron bajo el poder de la línea que el espectro señalaba; las palabras produjeron un resplandor sobrenatural y quedaron grabadas en su memoria. Cuando el espectro cerró el volumen, el son de una música maravillosa envolvió el dormitorio. Lovel se estremeció y se despertó por completo. Sin embargo, la música seguía sonando. No tardó mucho en distinguir aquella vieja melodía escocesa.


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