El anticuario
El anticuario El sueño casi nunca es profundo o reparador después de tan violenta agitación. El de Lovel se vio turbado por miles de visiones infundadas y confusas. Primero se vio a sí mismo convertido en un pájaro, después en pez, y volaba como el uno y nadaba como el otro (ambas cualidades habrían sido muy útiles apenas unas horas antes). Después vio a la señorita Wardour trasformada en una sirena o un ave del paraíso; su padre era un tritón o una gaviota; el señor Oldbuck cambiaba de marsopa a cormorán. Estas imágenes curiosas se mezclaban con los caprichos típicos del sueño febril, el aire se negaba a sostener a Lovel, el agua parecía quemarle, las rocas semejaban almohadas cuando chocaba contra ellas, todo lo que hacía acababa fracasando de forma inesperada, y cualquier cosa que llamara su atención sufría una metamorfosis extraordinaria en cuanto él mostraba cierto interés por ella. Su cabeza era en cierto modo consciente de las alucinaciones y trataba de despertarse, en vano, para liberarse de ellas. Todos estos síntomas febriles son muy familiares para aquellos a quienes atormenta el demonio nocturno o Efialtes, como lo suelen llamar los más leídos. Al final, tan burdas alucinaciones fueron convirtiéndose en cosas más normales; si bien también es posible que la imaginación de Lovel —que no era precisamente su facultad mental menos fecunda— fuese ordenando la escena al despertarse, de forma gradual, inapreciable e involuntaria, diferenciándola de la escena aparecida en sus sueños. O quizá fuese su agitación febril la que le ayudó a formar esa visión.