El anticuario

El anticuario

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A Isabella, pensar en los acontecimientos del día anterior le resultaba muy desagradable. Le debía su vida y la de su padre a la persona a la que menos quería estar obligada, puesto que le resultaba difícil mostrar una gratitud corriente sin alentar esperanzas perjudiciales para ambos. «¿Por qué mi destino es recibir tanto beneficio, fruto de un riesgo personal enorme, de una persona cuya pasión romántica he intentado desalentar constantemente? ¿Por qué el azar le ha dado tanta ventaja sobre mí? Y ¿por qué, por qué, un sentimiento casi sojuzgado en mi propio pecho casi se alegra de que haya sido así a pesar de lo que dicta mi sobria razón?»

Mientras la señorita Wardour se acusaba a sí misma por tan súbito cambio de parecer, vio avanzar por la avenida, no a su temido salvador, sino al viejo mendigo que desempeñó un papel tan importante en el melodrama de la tarde precedente.

Tocó la campanilla para llamar a su criada.

—Que suba el anciano.

La sirvienta llegó al cabo de unos minutos.

—Dice que de ningún modo, señorita, que sus zapatos claveteados nunca han pisado una alfombra y, Dios mediante, nunca lo harán. ¿Lo llevo a la sala de los criados?

—No, espera, quiero hablar con él. ¿Dónde está? —preguntó, ya que le había perdido de vista cuando se acercaba a la casa.


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