El anticuario
El anticuario La señorita Wardour se quedó un momento apoyada contra los barrotes de la ventana, en la misma posición en la que había oído al viejo decir aquellas extraordinarias palabras. No habría sido capaz de decir nada sobre un tema tan delicado con el mendigo delante. Sin duda, era difícil decidir qué hacer. La conversación privada que había tenido con aquel joven y desconocido forastero era ahora un secreto en manos de la persona menos indicada, un secreto a merced de alguien que difundía de forma profesional los chismes de todo el vecindario, motivo por el que empezó a sentir una gran inquietud. En realidad no tenía ninguna razón para creer que el viejo fuera a hacer algo para herir sus sentimientos, y menos para perjudicarla, pero la mera libertad de hablar con ella de ese asunto mostraba, como cabía esperar, una falta total de delicadeza; y ella estaba segura de que un hombre que tanto admiraba y practicaba la libertad podía decidir hacer o decir en el futuro cualquier cosa sin escrúpulos. Tanto le dolía y avergonzaba esta idea que en cierto modo deseó que Lovel y Ochiltree no le hubieran prestado su oficiosa ayuda la horrible tarde anterior.