El anticuario

El anticuario

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En lo alto de Kinprunes, donde Monkbarns había llevado a Lovel después de cenar, el anticuario, de nuevo reconciliado con el lugar antes desacreditado, estaba sermoneando sobre el escenario que ofreció Agrícola en su descripción del campamento al alba, cuando su mirada cayó sobre el mendigo y su protegé.

—¡Qué demonios! Parece que viene Edie con la casa a cuestas.

El mendigo explicó la situación y Davie, que insistía en cumplir su misión de ir hasta Monkbarns literalmente, fue persuadido con dificultad de que entregara el correo a su dueño, a pesar de hallarse a una milla antes de su destino.

—Mi madre dijo que me asegurara de recibir veinticinco chelines por el envío y diez chelines por ser expreso. Aquí está el papel.

—Déjame ver, déjame ver —dijo Oldbuck poniéndose los anteojos y examinando la arrugada copia del reglamento que Davie había citado—. El porte por hombre y caballo en un día no excede de diez chelines y seis peniques. ¿Un día? ¡Si no es ni una hora! ¿Hombre y caballo? ¡Si son un mono y un gato famélico!

—Padre habría venido personalmente —contestó Davie— con la gran yegua alazana, pero habría llegado mañana.

—¿Veinticuatro horas después del envío? Menudo piojo, qué pronto aprendes el arte del engaño.


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