El anticuario
El anticuario —Pero debe usted pronunciarse inmediatamente, Monkbarns, si quiere las losas; pues el diácono Harlewalls cree que las losas podrían quedar muy bien en la fachada del nuevo Ayuntamiento; es decir, las dos figuras de piernas cruzadas que los jóvenes dieron en llamar Robin y Bobbin, uno en cada jamba de la puerta; y la otra losa, que llamaban Ailie Dailie, encima de ella. Será muy elegante, dice el diácono, y muy del estilo gótico moderno.
—¡Que Dios me libre de esta generación gótica! —exclamó el anticuario—. El monumento de un caballero templario a cada lado de un pórtico griego, y una madonna en la parte superior. ¡Oh crimini! Bien, dígale al preboste que deseo tener las losas, y nos pondremos de acuerdo en el curso de agua. Qué suerte haber pasado por aquí hoy.
Se despidieron los dos satisfechos; pero el taimado secretario tenía más razones para sentirse exultante por su destreza, ya que toda la proposición de intercambiar monumentos (que el consejo había decidido quitar por molestos, pues invadían tres pies de la vía pública) y el privilegio de llevar el agua a la ciudad a través de las tierras de Monkbarns era una idea que se le había ocurrido a él en aquel mismo momento.