El anticuario
El anticuario —Monkbarns, señor —dijo el empleado del semillero—, espero que quedara satisfecho con las plantas. Y, si quiere alguna raÃz fresca de flores de Holanda, o una jarra o dos de ginebra de contrabando, uno de nuestros bergantines llegó ayer por la noche.
Esto último se musitó en voz más baja.
—Gracias, gracias; no es momento ahora, señor Crabtree —se excusó el anticuario, y siguió con decisión su camino.
—Señor Oldbuck —dijo el secretario (una persona más importante, que se adelantó y se atrevió a parar al viejo caballero)—, el preboste, que ha sabido que está usted en la ciudad, le ruega que no se marche bajo ningún concepto sin verle; quiere hablar con usted de traer el agua del manantial de Fairwell a través de una parte de sus tierras.
—¡Demonios! ¿No pueden excavar otras tierras que no sean las mÃas? No lo consentiré, dÃgaselo.
—Y el preboste —continuó el secretario sin hacer caso al exabrupto— y el consejo estarÃan de acuerdo en que se llevara usted las viejas losas de la capilla Donagild, que deseaba usted tener.
—¡Eh! ¿Cómo? ¡Uh! Eso es otra cosa… Bien, bien, visitaré al preboste y hablaremos.