El anticuario

El anticuario

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Tras haber tomado esta valiente resolución, el señor Oldbuck se equipó para la expedición con su grueso calzado de marcha y su bastón de empuñadura de oro, murmurando mientras tanto las palabras de Falstaff que hemos escogido como introducción de este capítulo; pues hasta el anticuario estaba sorprendido del apego que confesaba sentir por ese extraño. El enigma tenía, sin embargo, fácil solución. Lovel tenía muchas cualidades atractivas, pero se había ganado el corazón de nuestro anticuario por ser, en la mayoría de las ocasiones, un fabuloso oyente.

Un paseo hasta Fairport se había convertido en una especie de aventura para el señor Oldbuck, una aventura que no se molestaba en emprender con frecuencia. Odiaba las reverencias en la plaza pública; y normalmente había vagabundos que le perseguían por la calle, fuera para enterarse de las novedades dél día, fuera por asuntos triviales. Así que, en esta ocasión, no bien se adentró en las calles de Fairport, empezaron:

—Buenos días, señor Oldbuck, qué alegría verle, digo yo: ¿qué piensa acerca de las noticias de The Sun? Dicen que la gran ofensiva[138] será dentro de quince días.

—Ojalá hubiese sido ya, para no tener que oír hablar de ella.


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