El anticuario
El anticuario —Ha dejado de salir por completo, y se pasa el dÃa en su dormitorio, leyendo o escribiendo; ha escrito gran número de cartas, pero no las lleva a nuestra casa de postas, aunque la señora Hadoway se ofreció a llevárselas, sino que se las ha enviado todas en un sobre al juez; y la señora Mailsetter cree que el juez envió a su criado a que las llevara a la oficina del correo de Tannonburgh; mi humilde opinión es que recelaba de que alguien curioseara en Fairport; y de hecho estaba en lo cierto, porque mi pobre hija Jenny…
—Ah, no me fastidies con tus mujeres, Caxon. Y este pobre joven ¿escribe solo cartas?
—Oh, no; cantidad de hojas con otras cosas. Lo dice la señora Hadoway. A ella le gustarÃa que lo pudieran sacar a dar un paseo; cree que tiene una pinta deplorable, y ha perdido todo el apetito; pero no quiere ni oÃr hablar de cruzar el umbral, con lo que él andaba antes.
—Eso es malo. Tengo una sospecha sobre qué le tiene ocupado, pero tampoco debe trabajar demasiado. Iré a verle hoy mismo. Está embebido, sin duda, en la Epopeya de Caledonia.