El anticuario
El anticuario Sería cometer una injusticia con el savoir faire de la señorita Wardour suponer que no era consciente de que tal pregunta conllevaría una respuesta de duración ilimitada. El anticuario, con el arranque de un caballo de guerra al son de la trompeta, se sumergió inmediatamente en los diversos argumentos a favor y en contra de la fecha de 1273, asignada al priorato de Saint Ruth por una reciente publicación sobre antigüedades arquitectónicas escocesas. Sacó a la luz los nombres de todos los priores que habían dirigido la institución, de los nobles que les habían donado tierras y de los monarcas que habían dormido su último sueño entre sus claustros descubiertos. Del mismo modo que un vagón en llamas acaba propagando con toda seguridad el fuego a los vagones contiguos, el baronet, tomando como pretexto el nombre de uno de sus ancestros que apareció en la disquisición de Oldbuck, inició el relato de sus guerras, sus conquistas y sus trofeos; y el insigne doctor Blattergowl se vio inducido, gracias a la mención de la concesión de unas tierras, cum decimis inclusis tam vicariis quam garbalibus, et nunquam antea separatis[161], a emprender una larga explicación relativa a la interpretación dada por el Tribunal de Diezmos[162] a una cláusula que había surgido en un proceso para atribuirle su último aumento de estipendio. Los oradores, como tres atletas, corrían hacia la meta sin muchos miramientos con sus oponentes. La perorata del señor Oldbuck, la declamación del baronet y la cháchara legislativa del señor Blattergowl mezclaban las formas latinas de las cesiones feudales con la jerga heráldica y la aún más bárbara palabrería del Tribunal de Diezmos de Escocia.