El anticuario
El anticuario —Que asà sea —contestó el irreflexivo joven—; tengo una profesión que es de las que el mundo nunca ha podido prescindir, y que mucho menos resistirá perder en el próximo siglo y medio; y mi buen tÃo puede atar con pinzas sus bienes y su plebeyo nombre a la cinta de tu delantal si quiere, Mary, y tú te puedes casar con ese nuevo favorito suyo si quieres, y podéis los dos llevar una vida tranquila, en paz y de acuerdo con las normas, si el cielo lo quiere. Mi decisión está tomada: no adularé a ningún hombre por una herencia que me corresponde por nacimiento.
La señorita MacIntyre apoyó su mano en el brazo de su hermano, y lo exhortó a que contuviera su vehemencia.
—¿Quién —dijo— te daña o pretende dañarte, sino tu propia irritabilidad? ¿Qué peligros desafÃas, sino los que tú mismo evocas? Nuestro tÃo ha sido siempre de lo más paternal y amable en su conducta hacia nosotros. ¿Por qué crees que en el futuro las cosas serán diferentes de como siempre han sido desde que nos dejaron como huérfanos bajo su tutela?