El anticuario

El anticuario

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El señor Oldbuck se levantó inmediatamente y avanzó para recibir a su compañero de viaje con un caluroso apretón de manos.

—Le doy mi palabra —dijo—, empezaba a pensar que había cambiado de idea, que habría considerado que la estúpida gente de Fairport era tan aburrida que no merecía su talento y que se habría marchado a la francesa, como hizo mi viejo amigo y hermano anticuario, Mac-Cribb, cuando se fue con una de mis monedas sirias de época romana.

—Espero, señor, que nunca me culpen de tal cosa.

—Deje que le diga que sería tan malo como marcharse y privarme del placer de verle de nuevo. Habría preferido que se llevara mi otón de cobre[12]. Pero venga, deje que lo lleve a mi sanctasanctórum, es decir, a mi morada, ya que, a excepción de dos ociosas y pícaras mujeres —con estas despectivas palabras, prestadas de un colega anticuario, el cínico Anthony Wood, el señor Oldbuck solía referirse al sexo femenino en general y a su hermana y sobrina en particular— que, con el mero pretexto del parentesco, se han establecido en mis posesiones, llevo una vida de cenobita, al igual que mi predecesor, John de Girnell, cuya tumba le enseñaré dentro de un rato.


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