El anticuario

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Habían pasado cinco días desde su llegada cuando, tras hacer las preguntas necesarias para conocer el camino, se puso en marcha para presentarse en Monkbarns. Un sendero que pasaba por una colina cubierta de brezo y dos o tres prados le llevó hasta la mansión, que se encontraba al otro lado de la colina antes citada. Tenía una hermosa vista sobre la bahía y las embarcaciones. Apartada de la ciudad por la elevación del suelo, que además la protegía del viento del noroeste, la casa ofrecía un aspecto solitario y protegido. El exterior decía poco en su favor. Era un edificio irregular y pasado de moda, parte del cual había pertenecido a una grange, o granja solitaria, habitada por un bailío, o administrador del monasterio, cuando las tierras estaban en manos de los monjes. La comunidad almacenaba aquí el grano que recibía como renta de sus vasallos, ya que, gracias a la prudencia propia de su orden, todos los beneficios conventuales eran canjeables en especie y de ahí, como le gustaba contar al actual dueño, venía el nombre de Monkbarns[10]. Los habitantes laicos fueron haciendo sucesivas ampliaciones de acuerdo con las necesidades de su familia sobre los restos que quedaban en pie de la casa del bailío; y puesto que esto se realizó con idéntico desprecio tanto hacia la comodidad interior como a la armonía arquitectónica exterior, el conjunto tenía un aspecto de caserón detenido en medio de un baile campestre dirigido por Anfión u Orfeo. La casa estaba rodeada de altos setos cortados, compuestos en su mayor parte por tejos y acebos; algunos de ellos todavía mostraban la habilidad de un artista de la topiaria[11], pues representaban curiosos sillones, torres y las siluetas de san Jorge y el dragón. El gusto del señor Oldbuck no había alterado estos monumentos pertenecientes a un arte ahora desconocido, y tenía pocas tentaciones de hacerlo, ya que podría romperle el corazón al viejo jardinero. Bajo la sombra de un acebo muy alto y frondoso que se había librado de la poda, sentado en una silla de jardín, Lovel pudo ver a su anciano amigo con anteojos sobre la nariz y la bolsa al lado, leyendo con detenimiento el London Chronicle, mecido por la brisa estival que hacía crujir las hojas y por el susurro de las olas al acariciar la arena.


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