El anticuario
El anticuario —Bien, bien, ha sido un error —dijo MacIntyre—; aquà tiene una corona, vaya a atender sus asuntos. ¿Qué pasa ahora?
El anciano se irguió en todo el esplendor de su desacostumbrada altura y, pese a su atuendo, que en realidad tenÃa más de peregrino que de vulgar mendigo, parecÃa gracias a su estatura, modales, y énfasis de voz y gestos, más un viejo palmero o un predicador eremita, fantasmal consejero de los jóvenes que estaban a su alrededor, que el objeto de su caridad. Sus palabras, cierto es, fueron tan sencillas como su atavÃo, pero tan audaces y poco ceremoniosas como su digna y erguida postura.