El anticuario
El anticuario —¿A qué han venido aquÃ, jóvenes? —dijo, dirigiéndose a su sorprendido auditorio—. ¿Se han reunido entre las más hermosas obras de Dios para romper sus leyes? ¿Han dejado las obras del hombre, las casas y las ciudades que no son más que arcilla y polvo, como aquellos que las construyeron, y han venido aquÃ, entre las pacÃficas colinas, junto a las tranquilas aguas, que seguirán aquà cuando todo lo terrestre se haya esfumado, a destruir las vidas de otros, que no tendrán más que un rato, según dispone la naturaleza, para hacer recuento de ella? ¡Oh, señores! ¿Tienen hermanos, hermanas, padres, que los han cuidado, madres que han trabajado por ustedes, amigos que los han querido como a su propio corazón? ¿Y ésta es la manera de dejarlos sin hijos, sin hermanos, sin amigos? Es una lucha indigna en la que el que gane se llevará la peor parte. Piénsenlo, hijos. Soy un hombre pobre, pero también soy un hombre viejo, y lo que la pobreza resta del peso de mi consejo, mis canas y un corazón sincero se lo añaden veinte veces. Váyanse a casa, váyanse a casa, como hombres buenos; los franceses vendrán a invadirnos uno de estos dÃas, ya tendrán bastantes luchas, y quizá hasta el viejo Edie salga cojeando si tiene a mano un muro firme sobre el que apoyar su pistola, y quizá viva para decirles quién de ustedes es mejor cuando es por una buena causa.