El anticuario
El anticuario —Eso es solo hasta que tenga la fe y la paciencia parra el grran experrimento. Si se une usted a sirr Arthurr, que ha puesto ciento cincuenta, (mirre, hay ciento cincuenta en el vil billete del banco de Fairrporrt) y pone usted otrros ciento cincuenta en viles billetes, tendrrá usted orro y plata, no puedo decirrle cuánto.
—Ni nadie puede decirlo por usted, supongo —dijo el anticuario—. Pero fÃjese, señor Dousterswivel: suponga que, sin molestar al mismo espÃritu de los estornudos con más sufumigaciones, fuéramos todos juntos, a la luz del dÃa y bajo la protección de nuestra buena conciencia, sin más herramientas de conjuro que unas buenas y sólidas piquetas y palas, y excaváramos el área del coro de las ruinas de Saint Ruth, de un extremo a otro, y asà comprobáramos la existencia del supuesto tesoro, sin tomarnos más trabajo. Las ruinas pertenecen al propio sir Arthur, asà que no hay objeción alguna por ese lado. ¿Cree que podrÃamos de este modo llevar a buen término nuestra empresa?
—¡Bah! Asà no encontrarrá ni un dedal de cobrre. Perro sirr Arthurr puede hacerr lo que desee… Yo le he mostrrado que es posible, muy posible, conseguirr la suma que requierre. Le he prresentado el experrimento real. Si no le place creerrlo, señorr Oldenbuck, a Herman Dousterswivel le da igual; solo pierrde usted el dinerro, el orro y la plata, y ya está.