El anticuario

El anticuario

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«He hecho guardias en las avanzadas tanto de Alemania como de América —se decía—, en muchas noches peores que éstas, y a sabiendas de que probablemente tenía enfrente una decena de fusileros, en la trinchera. Pero estaba atento a mi tarea: nadie ha sorprendido nunca a Edie dormido.»

Y, mientras murmuraba para sí, cargó instintivamente al hombro su fiel báculo, adoptó el porte de un centinela de servicio, y, al oír unos pasos que se dirigían al árbol, gritó, con un tono que armonizaba más con sus reminiscencias militares que con su situación actual:

—¡Alto! ¿Quién va?

—El diablo, buen Edie —respondió Dousterswivel— ¿porr qué grrita como un Baarenhauter, lo que ustedes llaman faccionarrio, en fin, centinela?

—Pues porque en este momento me parecía ser un centinela —respondió el mendigo—. ¡Qué noche tan horrible! ¿Ha traído usted el farol y el saco para el dinero?

—Sí, amigo, sí —dijo el alemán—, aquí están: una alforrja con una bolsa para usted y otrra parra mí; la pondrré sobrre mi caballo para ahorrarrle esfuerrzo, debido a su avanzada edad.

—¿Ha traído un caballo, pues? —preguntó Edie Ochiltree.


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