El anticuario
El anticuario —Oh, sÃ, amigo, está ahÃ, atado a la verrja —respondió el adepto.
—Bien, solo tengo una objeción al acuerdo: no pondré mi parte sobre la espalda de su bestia.
—¿Qué tiene que temerr? —dijo el forastero.
—Solo perder de vista el caballo, y el dinero —replicó el pordiosero.
—¿Sabe usted que hace parrecerr canallas a los grrandes caballerros?
—Muchos caballeros —contestó Ochiltree— se muestran como tales sin ayuda de nadie. Pero ¿qué sentido tiene discutir? Si quiere usted venir, venga; si no, volveré a la paja del establo de Ringan Aikwood, que he dejado de mala gana, y pondré el pico y la pala donde los encontré.