El anticuario

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Dousterswivel deliberó un momento; si dejaba que Edie se fuera, podría asegurarse el total de la esperada fortuna para su uso exclusivo. Pero la falta de herramientas, y la incertidumbre de si, aunque las tuviera, podría cavar la tumba a la profundidad suficiente sin ayuda, y sobre todo, la reticencia que sentía, a raíz de la experiencia de la otra noche, a aventurarse solo en los horrores del sepulcro de Misticot, lo convencieron de que el intento sería arriesgado. Se esforzó, pues, por adoptar su tono engatusador, y, aunque interiormente estaba furioso, le rogó «a su buen amigo Edie que abrrierra el camino», y le aseguró «su aquiescencia a todo lo que tan excelente amigo pudierra prroponerr».

—Bien, bien, entonces —dijo Edie—, tenga cuidado con los pies, que la hierba está crecida y las piedras sueltas. Espero que podamos mantener la luz encendida pese a este horrible viento, aunque a veces hay rayos de luna.

Y, dicho esto, el viejo Edie, seguido de cerca por el adepto, abrió el camino hacia las ruinas, pero al poco hizo un alto delante de ellas.

—Es usted un hombre instruido, señor Doustersdiablo, y conoce muchas de las maravillosas obras de la naturaleza. ¿Puede decirme algo? ¿Cree usted en espíritus y fantasmas que recorren la tierra? ¿Cree en ellos, sí o no?


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