El anticuario
El anticuario Ahora debemos introducir a nuestro lector dentro de la cabaña del pescador mencionada en el capítulo XI del primer volumen de esta edificante historia. Ojalá pudiera decir que el interior estaba bien arreglado, decentemente amueblado, o aceptablemente limpio. Por el contrario, me veo obligado a admitir que reinaba la confusión, el abandono, y una buena dosis de suciedad. Sin embargo, aun así, sus ocupantes, la señora Meiklebackit y su familia, ofrecían cierta apariencia de prosperidad, desahogo y comodidad que parecía confirmar el viejo y asqueroso refrán «Cuanto más sucio, más acogedor». Aunque era verano, ardía en el hogar una gran hoguera, que servía al mismo tiempo para proporcionar luz y calor, y para preparar la comida. La pesca había ido bien, y desde que descargaron la barca, la familia había emprendido, con la acostumbrada falta de previsión, la incansable operación de asar y freír una parte reservada para su propio consumo, y sobre las planchas de madera yacían espinas y trozos de pescado, mezcladas con pedazos de torta de avena y jarras de cerveza quebradas a medio beber. La robusta y atlética figura de la propia Maggie, que se afanaba aquí y allá entre una manada de muchachas y niños pequeños, a los que apartaba al grito de «Fuera de aquí, desastrillos», contrastaba con la mirada y la actitud pasiva y medio estúpida de la madre de su marido, una mujer en la última fase de la vida humana, sentada en la que acostumbraba ser su silla, al lado del fuego, cuyo calor ansiaba, aunque apenas pareciera sentirlo; susurraba entre dientes, o dirigía una sonrisa vacía a los niños que tiraban de las cintas de su cofia o de su mandil de cuadros azules. Con la rueca en el regazo y el huso en la mano, hilaba perezosa y mecánicamente al antiguo modo escocés. Los niños más pequeños, que se arrastraban entre los pies de los más mayores, observaban el progreso del hilado de la abuela, y de vez en cuando se atrevían a interrumpirlo cuando el hilo danzaba en el suelo con esos movimientos erráticos que han sido desbancados por el torno de hilar, hasta tal punto que incluso la princesa del cuento podría ya recorrer toda Escocia sin peligro de pincharse con el huso y morir por la herida. Pese a ser tarde (había pasado la medianoche), la familia entera estaba aún despierta y lejos de pensar en irse a dormir; la señora estaba aún asando tortitas en la plancha, y la niña mayor, sirena semidesnuda conmemorada en otro lugar, estaba preparando una pila de arenques Findhorn (es decir, arenques ahumados con madera verde), para comerlos con las demás apetitosas provisiones.