El anticuario

El anticuario

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Mientras se ocupaban de estas tareas, un leve golpe en la puerta, acompañado de la pregunta «¿Están todavía despiertos, señores?», anunció una visita. La respuesta («Sí, sí, entre en el salón, querida») llevó a que se levantara el pestillo, y Jenny Rintherout, la criada del anticuario, hizo su aparición.

—Bueno, bueno —exclamó la señora de la casa—. ¿Eres tú, Jenny? ¡Cuánto tiempo sin verte, hija!

—Oh, hemos estado tan ocupados con la herida del capitán Hector que no he puesto un pie fuera de la casa en quince días; pero ahora está mejor, y el viejo Caxon está durmiendo en su habitación por si necesita algo. En fin, que, en cuanto se fueron a dormir, me puse la cofia, dejé la puerta cerrada sin cerrojo, no fuera a ser que alguien quisiera salir o entrar mientras estoy fuera, y vine a ver qué novedades me contáis.

—Ya, ya —respondió la señora Meiklebackit—, ya veo que llevas las galas; estás buscando a Steenie, ¿eh? Pero no está en casa esta noche, y además tú no sirves para Steenie, chiquilla; una debilucha como tú no puede mantener a un hombre.

—Steenie no me sirve —replicó Jenny, con un gesto de la cabeza que podría haber sido el de una doncella de alta cuna—; yo quiero un hombre que pueda mantener a su mujer.


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