El anticuario
El anticuario —Oh, sÃ, querida, esas ideas cogéis en las ciudades. Las mujeres de los pescadores saben más: cuidan del hombre, cuidan de la casa, y cuidan del dinero también, querida.
—Un hatajo de pobres siervas, eso sois —respondió la ninfa de la tierra a la ninfa del mar—. En cuanto la quilla del barco toca la arena, el perezoso pescador no hace nada, pero las mujeres tienen que ponerse las capas y entrar a chapotear para sacar el pescado. Y después el hombre se quita la ropa mojada y se pone la seca, y se sienta con su pipa y su licor al lado del hogar, como una vieja, y no se mueve hasta que el barco vuelve a salir a flote. Y la mujer, con la cesta de pescado a la espalda, debe ir con ella hasta la ciudad más próxima, y pelear a gritos con otras mujeres hasta que se venda, y asà viven las mujeres de los pescadores, pobres esclavas.