El anticuario

El anticuario

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—Oh, sí; toda la región ha oído hablar de eso; pero el viejo Edie dice que cuando hablan lo multiplican por diez, y él los vio desenterrarlo. Dios, por qué no lo habrá encontrado alguien que tenga necesidad…

—Sí, seguro. Habrá oído decir también que la condesa de Glenallan ha muerto y la están velando, y la van a enterrar en Saint Ruth esta noche, con antorchas; y los criados católicos, y Ringan Aikwood, que es también católico, estarán allí, y será el espectáculo más majestuoso que se haya visto nunca.

—De veras, querida —respondió la nereida—, si no dejan que asistan más que los católicos, no será un gran espectáculo en este país, pues la meretriz de Babilonia, como la llama el buen señor Blattergowl, hace beber a pocos de su copa encantada[211] en estos parajes. Pero ¿por qué entierran a la vieja cascarrabias por la noche? Me atrevo a decir que mi suegra lo sabrá.

Y levantó la voz para exclamar dos o tres veces:

—¡Madre! ¡Madre!

Pero, perdida en la apatía de la edad y la sordera, la anciana sibila a la que se dirigía continuó hilando su rueca sin hacer el menor caso a la llamada que se le dirigía.

—Pregúntale a tu abuela, Jenny. Cielos, preferiría arrastrar la barca una milla con el viento del noroeste golpeándome en plena cara.


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