El anticuario
El anticuario El ocupante y señor de esta desconsolada cámara era un hombre en la flor de la vida, y, sin embargo, tan abatido por la enfermedad y la tristeza tan demacrado y fantasmal, que no parecía más que los restos de un hombre; al levantarse con precipitación para recibir al visitante, el esfuerzo pareció embargar su enjuta figura. Cuando se encontraron en mitad del aposento, el contraste fue chocante. Las robustas mejillas, el paso firme, la postura recta y la presencia y actitud resuelta del mendigo indicaban paciencia y satisfacción a una edad tan avanzada, aun en la más baja condición que puede alcanzar la humanidad; mientras que los ojos hundidos, las mejillas pálidas, y la tambaleante silueta del noble que tenía enfrente mostraba cuán poco tienen que ver la riqueza, el poder, e incluso las ventajas de la juventud, con lo que da reposo al espíritu y firmeza a la figura.