El anticuario

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El conde de Glenallan estaba pues sentado en un aposento revestido de paño negro, que ondeaba en apagados pliegues sobre las altas paredes. Un biombo, cubierto del mismo material y orientado hacia la alta y estrecha ventana, interceptaba gran parte de la luz que pasaba a través de la vidriera, en la que se veía una representación, con toda la habilidad del siglo XIV, de la vida y las soledades del profeta Jeremías. La mesa a la que se sentaba el conde estaba alumbrada con dos lámparas de plata labrada que exhalaban esa luz desagradable y dudosa que surge de la mezcla del brillo artificial con la luz natural. En la misma mesa había un crucifijo de plata, y dos libros de pergamino cerrados con broches. Un enorme lienzo, pintado con exquisitez por José Ribera, representaba el martirio de san Esteban, y era el único adorno del aposento.









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