El anticuario
El anticuario —Este viejo amigo —dijo—, que fue abatido por el viento el verano pasado, sigue repleto de fruta a pesar de estar medio tumbado en el suelo; como puede observar, fue plantado con una de estas barreras entre sus raíces y la hostil toba. Aquel árbol también tiene historia: su fruto se llama la manzana del abad; la mujer de un barón, a quien le gustaba mucho este fruto, solía venir a Monkbarns de vez en cuando por el placer de recogerlo del árbol. Su marido, un hombre celoso, quizá sospechaba que un gusto tan parecido al de Eva podía pronosticar una caída similar. Para no manchar el honor de una familia noble, no diré más sobre este tema, excepto que las tierras de Lochard y Cringlecut todavía pagan una multa de seis medidas de cebada al año para expiar la culpa de su atrevido dueño, que se entrometió en el retiro del abad y su penitente. Admire el pequeño campanario que se alza sobre el porche cubierto de hiedra… Allí había un hospitium, hospitale u hospitamentum (porque de estas diversas formas lo recogen las escrituras antiguas y otros documentos) donde los monjes recibían a los peregrinos. En el Índice eclesiástico, nuestro párroco dijo que el hospitium se situaba o bien en tierras de Haltweary o en las de Halfstarvet; pero se equivocó, señor Lovel: esta puerta todavía se llama la Puerta de los Peregrinos y mi jardinero ha encontrado muchas piedras labradas al arar la tierra para plantar apio, algunas de las cuales he enviado como muestra a amigos expertos y a vanas sociedades de anticuarios de las que soy miembro indigno. Pero ya no diré nada más; reservaré algo para la próxima visita. Además, tenemos ante nosotros un objeto de lo más curioso.