El anticuario
El anticuario Sin embargo, poco después se animaría al ver que su llegada iba a tener más importancia de la que su modestia había anticipado. Una trifulca se había librado entre los dos bandos de jugadores y, puesto que el recaudador estaba a favor de un equipo y el maestro del otro, el asunto tenía que ser llevado a instancias superiores. Asimismo, el molinero y el herrero se habían decantado por bandos diferentes y, teniendo en cuenta el temperamento de ambos contrincantes, había razones para dudar de que el rifirrafe se solucionase de manera amistosa. Así, la primera persona que alcanzó a ver al mendigo exclamó:
—Eh, aquí viene el viejo Edie, él conoce las reglas de los juegos de nuestro país mejor que nadie que sepa lanzar bolas, tirar de carretillas o aporrear piedras. Dejemos de discutir, compañeros, que sea el viejo Edie quien decida.