El anticuario

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Por tanto, tras ser debidamente bienvenido, Edie fue asignado como árbitro entre un clamor general de exultación. Con la modestia de un obispo al que se le ofreciese la mitra, o la de un presidente llamado a ocupar su puesto, el anciano declinó la gran confianza y responsabilidad depositadas en él y, en compensación por su negativa y humildad, obtuvo la satisfacción de recibir la reiterada confirmación por parte de jóvenes, ancianos y personas de mediana edad de que él era simple y llanamente la persona mejor cualificada para el cargo de árbitro «a lo largo y ancho del país». Sintiéndose, pues, respaldado, procedió con gravedad a desempeñar su labor y, tras prohibir estrictamente cualquier expresión de agravio en cualquiera de los bandos, escuchó al herrero y al recaudador por una parte, y al molinero y al maestro por otra, a los primeros en calidad de abogados novatos, y a los segundos en calidad de expertos. Edie ya había tomado una decisión antes de que comenzasen los alegatos; no obstante, un juez debe seguir todos los procedimientos y aguantar hasta el final las elocuencias y argumentaciones de la abogacía. Una vez que todo fue dicho por ambas partes y, con frecuencia, repetido más de una vez, nuestro experto, tras haber sido sabia y convenientemente aconsejado, emitió el juicio conciliador y moderado de que la disputa debía acabar en empate y que, por tanto, no habría de contar para ninguno de los dos bandos. La sensata decisión restableció la concordia en el campo; los jugadores reanudaron sus juegos y apuestas y el acostumbrado júbilo que acompaña los deportes del pueblo; los más ávidos ya estaban quitándose las chaquetas y confiándolas, junto con sus coloridos pañuelos, al cuidado de sus esposas, hermanas y amantes. Sin embargo, la alegría fue extrañamente interrumpida.


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