El anticuario
El anticuario —Como el negocio de un viejo fabricante de pelucas que se viene abajo con la moda del pelo al rape y el impuesto de los polvos[224]. Caxon, tu elección del argumento de consuelo es tan poco afortunada como ajena al propósito que nos ocupa. Quid mihi cum fæmina? ¿Qué tengo yo que ver con tus mujeres? Bastante y de sobra tengo yo con las mÃas. Te lo vuelvo a suplicar, ¿esa pobre gente espera de mà que acuda al funeral de su hijo?
—Oh, sin duda, su presencia es esperada —respondió Caxon—; bueno, sé que se espera que vaya usted. Ya sabe, en este paÃs se supone que los caballeros deben ser lo suficientemente educados para ver el cadáver cuando aún no toca el suelo; no es necesario que cruce la puerta, nadie espera que renuncie a su honor, la escolta Kelso[225] es suficiente, a un paso y medio del umbral será suficiente.
—La escolta Kelso —repitió el anticuario inquisitivo—. ¿Y por qué la escolta Kelso y no cualquier otra?
—Estimado señor —respondió Caxon—, ¿cómo iba yo a saberlo? Es solo un proverbio.
—Claro, Caxon —replicó Oldbuck—, de las pelucas no se te puede sacar; si le hubiese preguntado a Ochiltree, ya me habrÃa contado alguna fábula a mi medida.