El anticuario

El anticuario

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—Bien —prosiguió el anticuario—, apostaría una bagatela a que no ha habido kolb-kerl, siervo, campesino o ascriptus glebæ[227] que haya muerto en los dominios de la abadía y al que John de Girnell no haya visto, con probidad y decencia, ser inhumado.

—Sí, pero en honor a la verdad, parece ser que tenía más que ver con los nacimientos que con los entierros —se rió jovialmente entre dientes el encargado de la peluca.

—¡Bien, Caxon, muy bien! Te veo muy lúcido esta mañana.

—Y, además —añadió Caxon con malicia, animado por el beneplácito de su patrón—, por lo visto en esa época los sacerdotes católicos recibían algún tipo de compensación por asistir a los entierros.

—Cierto, Caxon, tan cierto como que llevo guante, como dice el refrán. Por cierto, diría que ese dicho proviene de la costumbre de prometer un guante en señal de fe irrefutable. Pues, como iba diciendo, Caxon, tan cierto como que llevo guante, nosotros, los de ascendencia protestante, tenemos mayor mérito al tener que desempeñar esa tarea sin recibir nada a cambio, lo cual acarrea gastos en el reino de la emperatriz de la superstición[228], a quien Spenser menciona en su alegórico verso:

La hija de la mujer ciega,

Abessa, hija de Corecca.


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