El anticuario

El anticuario

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—Por último, Hector, haré que te envíen tus pertenencias. Debes marchar expeditus o relictis impedimentis[231]. No puedes ni imaginar cuán enojado estoy por culpa de esa bestia; además, es culpable de robo, pues, tras abrir todas las puertas que habían sido previamente cerradas, cometiendo así allanamiento de cocina, se zampó una paletilla de carnero.

Nuestros lectores, si tienen ocasión de recordar la precaución que tuvo Jenny Rintherout al dejar la puerta abierta cuando fue a la cabaña del pescador, probablemente absuelvan a la pobre Juno del agravio de culpabilidad al que los abogados se refieren como claustrum fregit[232], y que distingue el robo del simple hurto.

—Siento muchísimo, señor —dijo Hector—, todo el desbarajuste que ha causado Juno; pero ni Jack Muirhead, el adiestrador de perros, fue capaz de disciplinarla. Y eso que, por lo que sé, ha hecho más viajes que ningún otro perro, pero…

—En tal caso, Hector, deseo que esa perra salga de mis dominios y emprenda otro de sus viajecitos.

—Los dos nos iremos mañana, hoy mismo si hace falta, pero no desearía marcharme habiendo incomodado al hermano de mi madre por culpa de una mísera vasija.

—¡Oh, hermano, hermano! —profirió la señorita MacIntyre totalmente desesperada al oír este adjetivo tan fustigador.


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