El anticuario

El anticuario

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—No, no, acepto tu gratitud de corazón, tómalo solo como una advertencia —dijo el anticuario— por tus arranques de furia, que son una locura pasajera. Ira furor brevis[229], pero ¿y esta nueva desgracia, qué es lo que ha ocurrido?

—Por desgracia, señor, mi perro ha roto…

—¡Por el amor de Dios, dime que no ha roto el lacrimatorio de Clochnaben! —interrumpió Oldbuck.

—Pues sí, eso mismo, tío —dijo la joven dama—; me temo que era el que estaba en el aparador, el pobre animalito solo quería comerse la barra de manteca fresca.

—Empresa que llevó a cabo con éxito, debo suponer, a juzgar por los restos de sal en la mesa. Pero eso es irrelevante. Mi lacrimatorio, el pilar principal sobre el que se fundamenta mi teoría (a pesar de la ignorante obstinación de Mac-Cribb) de que los romanos habían cruzado los desfiladeros de estas montañas, dejando atrás los restos de sus artes y armas. Se ha esfumado, ha sido aniquilado, reducido a fragmentos que bien podrían ser los de un florero cualquiera.

Hector, te estimo,

pero no serás nunca más mi oficial.[230]

—Me temo, señor, que yo sería una mala presencia en un regimiento que usted levantase.


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