El anticuario

El anticuario

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—Es mi suegra, señor —respondió Margaret—, pero ahora no puede ver a nadie. ¡Ay de nosotros! Estamos pasando un momento muy doloroso, hemos sufrido una gran pérdida.

—Que Dios me prohíba —dijo lord Glenallan— importunar su dolor en una ocasión así, pero tengo los días contados y, a tenor de la provecta edad de su suegra, temo que, de no verla hoy, no pueda verla jamás, al menos en este hemisferio temporal.

—Y ¿qué es —preguntó la desolada madre— lo que quiere de una anciana mujer, abatida por el dolor y por la edad y con el corazón hecho pedazos? Noble o plebeyo, nadie ensombrecerá la puerta de mi casa el día en que se han llevado de ella el cadáver de mi hijo.

Las palabras que acababa de pronunciar alimentaron su irritabilidad natural —tanto de ánimo como de profesión—, la cual empezó a confundirse en cierta medida con su dolor, ahora que el primer brote incontrolado de amargura había desaparecido. Dejó un tercio de la puerta abierto y encajó su cuerpo en el hueco, como queriendo impedir la entrada al visitante. Pero la voz de su marido se oyó desde dentro:

—¿Quién es, Maggie? ¿Por qué no lo dejas entrar? Deja entrar a quien sea, a este viejo lobo de mar ya le da lo mismo quien entre o salga de esta casa.


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