El anticuario
El anticuario La mujer se echó a un lado siguiendo la orden de su marido y permitió que lord Glenallan entrase en la casa. La languidez de su quebrada figura y la demacración de su rostro contrastaban enormemente con los efectos del luto, según se iban vislumbrando, en la expresión tosca y castigada del pescador y en los rasgos masculinos de su señora. El caballero se acercó a la anciana mujer —sentada en su rincón habitual— y le preguntó en el tono más audible que fue capaz de alcanzar:
—¿Es usted Elspeth, de la casa Glenallan en Craigburnfoot?
—¿Quién pregunta por la impía residencia de esa maligna mujer? —fue la respuesta a su pregunta.
—El infeliz conde de Glenallan.
—¡El conde… el conde de Glenallan!
—Conocido como William lord Geraldin —respondió el conde— y quien al fallecimiento de su madre se convirtió en el conde de Glenallan.
—Abre la ventana —ordenó la anciana con firmeza y celeridad a su nuera—, abre la ventana de inmediato que vea bien si es lord Geraldin, el hijo de mi señora, al que acuné en mis brazos en su primera hora de vida y al que le sobran razones para maldecirme por no haberlo asfixiado antes de que concluyese esa hora.