El anticuario

El anticuario

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La ventana, cerrada a cal y canto para envolver en una penumbra sombría la solemnidad del funeral, arrojó al ser abierta una luz repentina e intensa que atravesó la atmósfera neblinosa de la sofocante cabaña. Un caño de luz cayó sobre la chimenea, y los rayos —que parecían dirigidos por el mismo Rembrandt— iluminaron los rasgos del infortunado noble y de la vieja sibila, la cual, erguida y sujetándole una mano a lord Glenallan, inspeccionaba impaciente los rasgos con sus claros ojos azules. Después de poner su largo y atrofiado índice a escasa distancia del rostro del conde, comenzó a moverlo pausadamente, dibujando cada contorno, como si tratase de rescatar los recuerdos que guardaba de él. Cuando concluyó el escrutinio, dijo con un profundo suspiro:

—Es un cambio muy… muy doloroso, ¿de quién es culpa? Mas está escrito donde habrá de ser recordado, en placas de bronce y con lápiz de acero, donde todo lo que sobre carne se perpetra, grabado queda. Y ¿qué es lo que —continuó tras una pausa— lord Geraldin busca de una pobre y vieja criatura como yo, que está más muerta que viva, que pertenece a los vivos de milagro?




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