El anticuario

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—Nada —respondió lord Glenallan—, en nombre de Dios, ¿por qué requería verme con tanta urgencia? Y ¿por qué acompañó su requerimiento con un obsequio que a ciencia cierta sabía que yo no podría rechazar?

Mientras decía estas palabras, sacó de la cartera el anillo que Edie Ochiltree le había entregado en la casa Glenallan. La visión de este presente produjo, al instante, un extraño desconcierto en la anciana. La parálisis del miedo se sumó a la de la edad; empezó a hurgarse los bolsillos con la agitación trémula y acelerada de quien acaba de percatarse de la pérdida de algo muy importante. Después, convencida de que sus temores se habían hecho realidad, se dirigió al conde preguntándole:

—¿Cómo ha llegado hasta usted? ¿Cómo ha llegado hasta usted? Pensaba que lo tenía a buen recaudo, ¿qué dirá la condesa?

—Al menos —dijo el conde— se habrá enterado de que mi madre ha muerto.

—¡Que ha muerto! ¿Se está burlando de mí? ¿Me está diciendo que ha dejado finalmente todas sus tierras, títulos y linajes?

—Todo, todo —dijo el conde—, los mortales han de desprenderse de todas sus vanidades humanas.


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