El anticuario
El anticuario —SÃ, ahora recuerdo —respondió Elspeth—, me lo habÃan dicho antes, pero hemos pasado tantas calamidades en esta casa, y me falla tanto la memoria… Pero ¿está seguro de que su madre, la señora condesa, ha pasado a mejor vida?
El conde le aseguró una vez más que la que fue su señora no se hallaba ya entre ellos.
—Entonces —dijo Elspeth—, ¡ya no volverá a lastrar mi espÃritu! Estando ella viva nadie se habrÃa atrevido a abrir la boca: ella se habrÃa enfadado tanto, no querÃa que se supiese nada. Pero, ahora que ya no está, lo confesaré todo.
Y entonces, volviéndose hacia su hijo y nuera, les ordenó con severidad que saliesen de la casa y que la dejasen a solas con lord Geraldin —ella seguÃa llamándolo as×. Pero Maggie Meiklebackit, recuperada ya de su primer arrebato de pena, no estaba de ningún modo dispuesta a mostrar sumisa obediencia en su propia casa a las órdenes de su suegra, una autoridad que resulta curiosamente detestable en condición de nuera, y cuyo renacer —tras años de renuncia y olvido— la pilló completamente por sorpresa.
—SerÃa algo chocante —dijo entre dientes, pues el rango de lord Glenallan le causaba cierto respeto—, serÃa algo chocante obligar a una madre a que abandone su propia casa cuando aún llora por la muerte de su hijo mayor.