El anticuario

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El pescador, en un tono terco y huraño, dijo contribuyendo a la misma causa:

—No es día para sus historias del viejo mundo, madre. Mi señor, si se comporta como tal, puede venir en cualquier otro momento, o puede decir delante de nosotros lo que desee; a ninguno de los aquí presentes le interesa lo que cualquiera de los dos pueda decir. Pero nadie, ya sea terrateniente o un don nadie, un noble o un plebeyo, me hará abandonar mi casa el mismo día en que mi pobre…

En este momento su voz se ahogó y no pudo continuar; aun así, puso de manifiesto su obcecación al sentarse en una silla —pues había estado de pie desde la llegada de lord Glenallan— y adoptar la postura huraña de quien está decidido a cumplir su palabra.

Pero la vieja mujer, a quien la crisis parecía haber restituido todas las facultades de superioridad mental con las que en su día había sido eminentemente dotada, se levantó y, dirigiéndose hacia él, dijo con voz solemne:




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