El anticuario
El anticuario —Hijo mÃo, sé que es tu deseo evitar deshonra a tu madre, y que no desearÃas ser testigo de su culpa, y bien sé que quieres ser merecedor de su bendición y evitar su maldición; en tal caso, te exijo, por la persona que te llevó en su seno y que te crió, que me dejes decir libremente a lord Geraldin lo que ningún oÃdo mortal excepto el suyo debe oÃr. Obedece mis palabras y, asÃ, el dÃa en que debas echar tierra sobre mi nÃvea cabeza, pues ese dÃa habrá de venir, podrás recordar este momento sin tener que reprocharte haber desobedecido la última orden terrenal que te dio tu madre.
El tono de esta solemne exigencia revivió en el corazón del pescador el hábito de obediencia instintiva en el que su madre le habÃa instruido y al que él se habÃa sometido calladamente mientras sus dotes de mando no habÃan sido mermadas. El recuerdo también se mezcló con la intensidad dominante del momento; de este modo, después de mirar un momento la cama donde el muerto habÃa yacido, se dijo a sà mismo entre dientes:
—Él jamás me desobedeció a mÃ, llevase o no razón. ¿Por qué motivo iba yo a contrariarla a ella?
Entonces tomó a su reticente esposa del brazo y se la llevó delicadamente fuera de la cabaña, cerrando la puerta al salir.