El anticuario
El anticuario Una vez que los infelices padres se fueron, lord Glenallan, a fin de evitar que la anciana recayese en su letargo, insistió de nuevo en la revelación que ésta habÃa resuelto hacer.
—Se lo diré en breve —replicó—, mi cabeza goza ahora de suficiente claridad, por lo que no es posible, creo que no lo es, que me olvide de lo que tengo que decir. Mis años en Craigburnfoot se presentan ante mis ojos como si de verdad aún estuviese allÃ; la verde ribera, justo donde el sol se encontraba con el mar al atardecer, los dos barquitos, con sus velas plegadas, flotando en esa cala natural y el alto acantilado que la unÃa con los jardines de la casa Glenallan y que descendÃan hasta el arroyo. Oh, sÃ, tal vez olvide que tuve un marido y que lo perdÃ, que solo me queda un hijo vivo de los cuatro que tuve, que una desgracia tras otra ha devastado nuestra maltrecha riqueza, que esta mañana se han llevado de casa el cadáver del primogénito de mi hijo, pero ¡jamás olvidaré los dÃas que pasé en Craigburnfoot!
—Usted era muy importante para mi madre —dijo lord Glenallan, deseoso de llevarla al tema en torno al cual ella divagaba.