El anticuario
El anticuario —Lo era, lo era, no hace falta que me lo diga. Ella me ascendió de cargo y me ofreció mayores saberes que a mis compañeros pero, como el viejo tentador, además del conocimiento del bien también me mostró el conocimiento del mal.
—Por amor de Dios, Elspeth —exclamó el atónito conde—, explíqueme, si puede, la aterradora insinuación que acaba de hacer. Sé que usted guarda un terrible secreto que bien podría partir en dos el techo con solo mencionarlo, pero siga, siga contando.
—Lo haré —respondió—, lo haré. Tan solo aguarde un segundo.