El anticuario
El anticuario —Sà —respondió la arpÃa—, a la hora en que usted puede oÃr y yo hablar le queda, de hecho, poco para concluir. La muerte le ha señalado el ceño con su dedo, y yo noto cómo su garra se vuelve cada dÃa más frÃa en mi corazón. No vuelva a interrumpirme con exclamaciones, gruñidos y reproches, limÃtese a escuchar la historia hasta el final. Y entonces, si de verdad lleva usted sangre Glenallan, como me dijeron en su dÃa, haga que sus seguidores hagan una montaña de espina, zarza y verde acebo que alcance la altura de un mástil y prenda ¡fuego!, ¡fuego!, ¡fuego! a la vieja bruja Elspeth y a todo lo que pueda recordarle que semejante criatura se arrastró alguna vez sobre la faz de la tierra.
—Siga —dijo el conde—, no volveré a interrumpirla.