El anticuario

El anticuario

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—No podría haberlo dicho más claro —respondió Elspeth— sin confesar su propia farsa, y ella habría preferido ser despedazada por caballos salvajes antes que confesar lo que había hecho; y, si estuviese viva, tampoco yo lo habría dicho por su bien. La raza Glenallan estaba hecha de corazones robustos, tanto hombres como mujeres; hubo un tiempo en que todos acudían al grito de guerra de su clan, «Clochnaben», hombro con hombro: ningún hombre se separaba de su líder por amor al oro o al lucro, por seguir el buen o el mal camino. Ahora, por lo que veo, los tiempos han cambiado.

El infortunado noble estaba demasiado enredado en sus propias reflexiones, confusas y delirantes, para reparar en las burdas expresiones de primitiva fidelidad en las que, aun en su último reflujo de vida, la infeliz autora de sus desgracias parecía encontrar una firme y obstinada fuente de consuelo.

—¡Oh, cielos! —exclamó—. Estoy libre de la más siniestra culpa que pueda deshonrar a un hombre, y cuyo motivo, a pesar de ser involuntario, ha destruido mi paz, arruinado mi salud y me ha arrojado a una tumba prematura. —Entonces, con fervor, pronunció, levantando los ojos—: Acepte mi humilde gratitud. Si vivo infeliz, al menos no moriré con la mancha de esa culpa antinatural. Y usted, continúe si tiene algo más que decir, continúe mientras le quede voz y a mí energía para oírla.


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