El anticuario
El anticuario Su larga y huesuda mano extendió a lord Glenallan el punzón de oro, bajo el cual pudo ver en su imaginación la sangre de su retoño correr.
—¡Desgraciada! ¿Cómo tuvo corazón?
—No sabía si podría hacerlo o no. Regresé a mi cabaña sin sentir el suelo que pisaba, pero Teresa y el niño habían desaparecido. Todo lo que tenía vida se había ido, solo quedaba el cadáver.
—Y ¿nunca llegó a conocer el destino de mi hijo?
—Imaginar si acaso. Ya le he dicho cuál era el objetivo de su madre, y sé que Teresa era un demonio. Pero nadie volvió a verla jamás en Escocia, parece ser que regresó a su país. Una oscura cortina cayó sobre el pasado, y las conjeturas de quienes presenciaron alguna parte de él apuntan tramas de seducción y suicidio. Usted mismo…
—Lo sé, lo sé todo —respondió el conde.
—Ya sabe todo lo que yo podía contarle. Y ahora, heredero de Glenallan, ¿puede perdonarme?
—Pida el perdón de Dios, no el del hombre —dijo el conde dándose la vuelta.