El anticuario

El anticuario

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—¿Cómo voy a pedir al Ser puro e inmaculado lo que sin duda va a negar a una pecadora como yo? Si he pecado, ¿acaso no he sufrido? ¿He tenido un solo día de paz, una hora de descanso desde que esta larga cabellera se tendía sobre mi almohada en Craigburnfoot? ¿No ardió mi casa estando mi retoño en la cuna? ¿No se hundieron mis barcos mientras los demás sobrevivían al vendaval? ¿Hay alguna persona cercana a mí que no haya sufrido penitencia por mi pecado? ¿No se ha llevado ya el fuego su tajada? ¿Y los vientos otro tanto? ¿Y el mar? Y ¡oh! —añadió, con un prolongado quejido, mirando primero al cielo y bajando después la mirada al suelo—. ¡Oh, que la tierra se lleve ya su parte, pues cansada está de seguir aún pegada a ella!

Lord Glenallan había alcanzado ya la puerta de la cabaña, pero su generosa naturaleza no le permitió abandonar a la infeliz mujer en ese estado de desesperada reprobación.

—Que Dios la perdone, desdichada mujer —dijo—, con la misma sinceridad que yo lo hago. Busque perdón en Él, pues es el único que puede otórgalo, y que sus oraciones sean oídas como si fuesen las mías. Haré que la visite un sacerdote.

—¡No, no, de sacerdote nada! —prorrumpió la anciana, pero el portazo del conde al salir la dejó con la palabra en la boca.


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